Aprobada la pena de muerte en Colombia

Hace 111 años Colombia abolió de manera definitiva la pena de muerte[1]. Años después, en febrero de 1996, algún imprudente salpicado de coca[2], presidente de Colombia entonces, propuso que se restableciera la pena capital para algunos criminales[3]. Sin embargo, con la Ley 297 del 17 de Julio de 1996, Colombia dijo no y ratificó el “Segundo protocolo facultativo del pacto internacional de derechos civiles y políticos destinado a abolir la pena de muerte”, adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 15 de diciembre de 1989[4]. De este modo, Colombia se unía a la lista de países que, considerando la vida un derecho fundamental y superior, se alejaban de aquella pena barbárica todavía vigente en varios países del mundo.

El año pasado hubo un total de 483 ejecuciones en 18 países. China encabeza la lista, aunque sus cifras son oscuras puesto que, en su falaz comunismo dictatorial, las penas de muerte son secreto de estado. La mayoría de ejecuciones, aparte de China, ocurren en Irán, Egipto, Irak y Arabia Saudí[5]. Baste decir que en algunos de ellos aún se condena la apostasía[6][7]. Nosotros, por fortuna, somos más libres… si bien no podemos decir que aquí no hay pena capital. Tal vez convenga hacer una distinción clave para entender que existe otra pena de muerte sin juicio, sistemática y velada, cuyos muertos se amontonan en la impunidad.

La siguiente distinción no es, por cierto, aplicada en la práctica para juzgar crímenes de Estado, pero en el fondo, si se quiere, podría aplicar para hacerlo. La distinción es simple: reconocer algo de acuerdo al hecho, o de acuerdo al derecho; o lo que es lo mismo: de facto y de iure. Se emplea cuando un Estado voluntariamente reconoce la existencia de otro Estado, de un gobierno, o aun de un movimiento beligerante, de iure, es decir de acuerdo a la ley; o de facto, es decir cuando la realidad es tal que no queda más que reconocer un hecho que después, se espera, será confirmado por la ley[8].

Pensemos en la esclavitud: ha sido legalmente abolida pero, en la práctica, en el hecho, quizá encubierta por eufemismos, sigue existiendo en varias partes del mundo[9]. El derecho regula e impide el exceso, funda castigos, pero en el fondo no puede evitar que aquello que prohíbe emerja. Sin embargo, a diferencia de la esclavitud, la pena de muerte la prohíbe aquel mismo que podría darla. Y un Estado, aunque la prohíba de iure,al tener el monopolio de la fuerza podría arrogarse de facto el “derecho” de decidir sobre la vida de un individuo si ve en peligro el orden establecido y la ley. Rousseau lo deja claro: “todo malhechor, atacando el derecho social, se convierte por sus delitos en rebelde y traidor a la patria; cesa de ser miembro de ella al violar sus leyes y le hace la guerra. La conservación del Estado es entonces incompatible con la suya; es preciso que uno de los dos perezca, y al aplicarle la pena de muerte al criminal, es más como a enemigo que como a ciudadano”[10] (p. 33). Así, el Estado no solo está en el derecho, sino incluso en el deber, de acabar con la vida del criminal -ya no ciudadano sino enemigo- para salvaguardar su propia vida y la de sus ciudadanos.

Y de este modo volvemos a Colombia, y en concreto al lugar virtual de la política actual, Twitter. Dice allí un gobernante temerario: “Apoyemos el derecho de soldados y policías de utilizar sus armas para defender su integridad y para defender a las personas y bienes de la acción criminal del terrorismo vandálico”[11]. Es decir, existe el derecho de segar la vida de los ciudadanos que, por ejercer su derecho a la protesta[12], se convierten en enemigos. Y aunque Twitter elimine esa sentencia, en la realidad ese “derecho” a matar se ejerce, alguien da la orden y se aplica de facto. Como no pueden coexistir los ciudadanos-enemigos y el Estado, perecen por decenas los enemigos, aunque no tengan armas y no amenacen más que con gritos.

Pero no, no son solo gritos. Llueven palos y piedras sobre policarbonato. Llueven alegatos, demandas desde el fondo del alma. Alguien por allá enciende un fuego y lo lanza. Vuelan artefactos como cometas, dejan su estela de gas en una parábola de desprecio. Crecen nubes de humo, algarabía y tos y ojos de lágrimas ardientes. Crece también la ira, cócteles de gasolina y odio. Pobres gentes con palos y piedras golpeando a pobres gentes con armas no letales, con armas letales, con armas. Alguien mira desde lo alto, aprieta los labios, da la orden. Ya no son ciudadanos esos vándalos primitivos. Ahora es el crimen, el enemigo. Alguien, bajo un casco oscuro, desenfunda su arma, aprieta el gatillo. La multitud gritando se dispersa, algunos no se han dispersado: su alma se va disipando, fresca y roja recorre como un río las piedras muertas sobre el asfalto, las tiñe de un rojo agrio, el humo y el espíritu se esfuman.

¡Pena de muerte! ¡Pena de muerte! No importa que la Corte constitucional, de iure, diga que “la pena de muerte es incompatible con un Estado que reconoce la dignidad y los derechos de la persona”[13]. No importa si, de facto, esa dignidad no se reconoce, si desde el 28 de abril hasta el 6 de mayo, es decir durante 9 días, por protestar ha habido 37 asesinatos, según unos[14]; según otros, 24[15]. Sin entrar muy a fondo -porque hiela promediar almas perdidas- tenemos una media de 30 muertos, lo que quiere decir que por día asesinaron a 3,33 personas; lo que en un mes, de darse una protesta sostenida (sin considerar el aumento de la violencia con el tiempo, y sin que se declare conmoción interior), resulta en la escandalosa cifra de 100 asesinados. De ese modo, quizá exagerando un poco pero no lejos de la realidad, en 3 años se habría asesinado a más gente que en 17 años de dictadura chilena. Mirando a un hipotético futuro, claro, porque si miramos al pasado, Colombia nada tiene que envidiar en desaparecidos y muertos a la dictadura argentina, brasilera o chilena[16]. Así nos llamamos a nosotros mismos la democracia más antigua de América Latina[17], como si eso de verdad significara aún algo. Quizá lo que signifique sea cargar el sino lapidario de una dictadura de baja intensidad durante más de medio siglo, abierta al voto mentiroso y fraudulento, violenta, carroñera y corrupta. Tal vez el ave que preside nuestro escudo nacional sea el destino que nos han querido imponer, volar sin voluntad a través de los Andes guiados por el mero olor de la muerte.

En esa misma “democracia”, incluso, un alcalde llama a grupos privados de seguridad a recuperar el orden público[18]. Un llamado de ecos pasados, una venia al paramilitarismo. La protesta, ese derecho consignado en la constitución y clave de toda democracia, no vale para quienes dan pena de muerte por ejercerlo. Esa noche entran ocho balas en la alegría de un danzarín que lo único que hizo fue recorrer Pereira y reír, gritar algunas verdades y saltar. Tal vez solo lo quisieron matar por estar feliz de protestar. Tal vez, si ya no se aguantan la dignidad, mucho menos su festival. Balean a otro hombre por pensar. A muchos otros solo por diferir. Nos lo gritó Lucas, “nos están matando en Colombia”[19]. ¿Desde cuándo no aplica esta frase en nuestra historia?

Sí, en Colombia la pena de muerte se abolió de iure en 1910, pero de facto sigue vigente[20], de facto se glorifica[21], de facto se aplica para quienes protesten[22], para quienes osen horadar un silencio sumiso[23]. Las calles en protesta son patíbulos. En Colombia es pena capital pensar diferente. No, no nos comamos ese cuento. Colombia aplica la pena de muerte y todas y todos lo sabemos[24]


[1] https://www.elcolombiano.com/historico/la_pena_de_muerte-LEEC_108737

[2] https://elpais.com/diario/1998/07/22/internacional/901058401_850215.html

[3] https://www.peinedemort.org/zonegeo/COL/Colombie#hist

[4] https://www.corteconstitucional.gov.co/relatoria/1997/C-144-97.htm

[5] https://www.amnesty.org/es/latest/news/2021/04/death-penalty-in-2020-facts-and-figures/

[6] https://amnistia.cl/datos-y-cifras-la-pena-de-muerte-en-arabia-saudi/

[7] https://www.fidh.org/es/region/asia/iran/pena-de-muerte-en-iran-violado-el-derecho-a-la-defensa

[8] https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/7/3262/8.pdf

[9] https://atalayar.com/content/esclavitud-en-el-mundo-actual-casi-46-millones-de-personas

[10] Rousseau, J. El contrato social o principios de derecho político: https://www.secst.cl/upfiles/documentos/01082016_923am_579f698613e3b.pdf (Rousseau es uno de los pilares de la democracia moderna y una de las fuentes ideológicas y espirituales de la Revolución francesa)

[11] https://www.elpais.com.co/colombia/twitter-elimina-tuit-de-alvaro-uribe-sobre-uso-de-armas-por-parte-de-policias-y-soldados.html

[12] Artículo 37 de la Constitución política de Colombia.

[13] https://www.corteconstitucional.gov.co/relatoria/1997/C-144-97.htm

[14] https://www.elespectador.com/noticias/judicial/temblores-reporta-aumento-de-detenciones-y-violencia-policial-en-el-paro-nacional/

[15] https://www.nytimes.com/es/2021/05/05/espanol/protestas-policia-colombia.html

[16] https://pacifista.tv/notas/colombia-tiene-mas-desaparecidos-que-todas-las-dictaduras-del-cono-sur/

[17] https://www.colombia.co/pais-colombia/historia/por-que-se-dice-que-colombia-tiene-la-democracia-mas-antigua-de-america-latina/

[18] https://www.youtube.com/watch?v=3T78FCpqagQ

[19] https://www.bluradio.com/mananas-blu/nos-estan-matando-el-grito-de-lucas-villa-la-nueva-victima-de-violencia-en-protestas-en-colombia

[20] https://razonpublica.com/masacres-policiales-la-historia-no-deja-repetirse/

[21] https://www.elespectador.com/noticias/judicial/estamos-haciendo-las-cosas-bien-ustedes-son-heroes-de-negro-los-mensajes-del-general-zapateiro/

[22] https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-56910570

[23] https://www.dw.com/es/asesinatos-de-líderes-sociales-colombia-mata-a-quienes-practican-la-democracia-en-las-regiones/a-56218920

[24] https://www.dw.com/es/más-de-900-líderes-sociales-asesinados-en-colombia-desde-2016/a-57257906

Rabia

No sé qué esperaban si la sangre
fue regada
frente al hijo, frente al padre
y a la multitud atada

¿Qué esperaban?, me pregunto
¿Un abrazo entre lágrimas?
¿Una oda al asesino?
¿O esperaban que el silencio
y la amnesia gobernaran?

Luego culpan a la rabia
del perro apaleado que muerde
luego dicen que la muerte
es un invento de canallas

Pero miren a la turba que estalla
tranquila, quieta estaba
molesta, es cierto
pero anestesiada
hasta que la saña y la bala
hasta que una orden clara
desde el Poder fue dictada:

¡Maten al pueblo que clama!
Valen menos que el arma
que los mata
que el casco que aniquila
Valen nada porque su vida
no es vida

¿Qué esperaban?, la sangre
se mezcló con gasolina
el dolor transmutó en ira
el fuego imitó a la justicia
que nunca llegaba
ni llegó

el fuego ardió
como la madre que en clamor
lloró a su hijo con prisa
pues por ella ya venían
los que la protegerían
los que a la patria defendían
de quienes pedían a la patria
respetar la vida

¿Qué esperaban?
El pueblo ardió
La rabia superó
el miedo y el dolor
La rabia dijo en llamas
que el pueblo se cansó
La rabia, dijo un viejo, es ciega
como el amor
La rabia nació y nunca
nunca murió

Que esperen
que los muertos
siguen gritando su adiós
Que esperen que la rabia
de empezar apenas acabó.

Bienvenido al infierno, COVID-19

Seamos honestos. Más de la mitad de los colombianos sabemos que tenemos por presidente a un inepto, a un pobre hombre quizá sincero, pero bruto y sin honor, que por azar de un dedo maquiavélico terminó de candidato a presidencia, y que gracias a la barbarie de este país ignorante y amable terminó en el lugar donde otros hombres, ya muertos, si lo vieran allí tan ajeno, se sentirían humillados; antaño presidentes que escribían libros, hoy quienes servirían más en un circo.

Se le ve en televisión, en alocuciones… no transmite ni el vigor que una situación de estas requiere. Esa mirada que finge dominio y sosiego tiene en el fondo, quizá en el fondo del pantalón, una gotica café que resbala. Ah, ya escucho a los cresos solidarios, a los filántropos, a los que ahora sí se dieron cuenta de que existen los pobres, diciendo No, pero este no es el momento de críticas e infamias, es el momento de la solidaridad (palabra tan prostituida como democracia o paz); para ellos nunca es tiempo de criticar a sus títeres.

O quién sabe, puede que quizá, en la hondura del alma donde guardamos las verdades que quisiéramos decirnos y callamos, los Sarmiento Angulo, los Gilinski, los Ardila Lülle, los Santo Domingo, vean por un momento a Duque como tal, fuera de todo contexto, y piensen como tantos: ¿por qué Uribe no pudo elegir a un hombre con los pantalones bien puestos? ¿Por qué precisamente llega el COVID-19 y está a cargo del país un inhábil?

Desgracia que les cae a los desgraciados. Como es usual. Así como los ricos nos han demostrado que “plata llama plata”, la realidad nos deja ver ahora como pobreza llama pobreza – digo ahora para quienes hasta hace poco obviaban a los pobres, porque desde siempre se ha visto como a los desastrados solo les llueve más –. Y luego empiezan las campañas ridículas de “la mejor cara de los colombianos”, o de la “solidaridad con los más vulnerables”, en las que en el fondo no yace más que el mismo gesto de la limosna al salir de misa, o tras haber cometido un pecado: una limpieza de consciencia, un ayudar para no quedar como miserable aunque eso es lo que se sea. ¿Los más vulnerables? Querrán decir, más bien, los vulnerados. ¡Ah, pero es que el gobierno ahora es samaritano! ¡Les devolverá el IVA a los más pobres! Ay, que tardaron solo más de medio siglo para darse cuenta de que había hambre.

Pero luego salen en televisión el gobierno y sus asesores, con cuyas camisas uno compraría el mercado de un mes, a sacar pecho como arrechos gallos, y tan largo como el polvo de esta ave les duran cifras y promesas en la cara. No son más que actores; de hecho son los protagonistas de esta tragedia donde solo el público sufre.

¿Exagero? Una exageración son los viejos de setenta años haciendo fila para reclamar setenta mil pesos, o cien mil, o doscientos mil, o incluso más, ah… miren cómo aumentan las cifras, hay que agradecer, bajar la mirada, besar si se quiere el anillo o la punta de los Ferragamo, decir gracias con indignidad. ¿Por qué? Porque toda esa plata nos la están regalando. ¿Cuándo se había visto semejante comunismo subsidiario en esta república azul y tradicional? Agradezcamos como en la antigua Roma los esclavos por no ser encadenados en la ergástula. Festejemos que Sarmiento Angulo pensó en los pobres y les tiró un pan, porque sin eso estaríamos jodidos, ¿no es verdad?

Pero pueblo hambriento, te entiendo, tienes que arrodillarte con la indignidad del mendigo, tienes que tragarte a duras penas ese orgullo que te escuece mientras recibes, tras ocho horas de fila, un bono alimentario para una semana; tienes que ser multado por hambriento, por morir con más amebas que dolientes y por no tener donde pasar la noche sin compartir cuarto con once. Te entiendo cuando agradeces, ¿a quién culpar? Ahora hablan de solidaridad, pronuncian la palabra y ¡vaya!, parece que no la comprenden, no se ven más que actos de caridad. Y como decía una gran mujer, no, no la primera mujer vicepresidenta de Colombia (ah, ¡qué récord pírrico!), sino una mujer que pensó de verdad, Mary Wollstonecraft: “es justicia y no caridad lo que necesita el mundo”.

Y yo, que nunca pensé estar de acuerdo con Iván Duque en algo, lo secundé hoy: este momento histórico es la oportunidad ideal para construir un mejor futuro. Y no me malentiendan, sé que he sido injusto al omitir a quienes han ayudado a muchos por el puro amor al prójimo, a los trabajadores de la salud e investigadores que se trasnochan para que esta pandemia aún no nos desborde, a todos aquellos que han dado lo que no les sobra y lo han compartido: ellos son la esperanza de la humanidad, ojalá no una triste excepción a esa gran mayoría vampírica que ve al otro como mero objeto, como cliente, como dinero, como mano de obra o como nada.

Pero más vale creer en el espíritu de esas altruistas excepciones que, con solidaridad – pues se comprometen a darse a sí, no sus sobras, se comprometen con el otro de lleno y sin un interés más allá – están, ellos sí, construyendo país, y no construyendo otro búnker para el grupo Aval. Porque hay que creer, es el momento de creer en la humanidad, en la posibilidad de transformar la realidad (como involuntariamente hemos hecho con el ambiente) si nos ponemos de acuerdo. Pero no en el sentido de la caridad. Vacuo sería si tan solo nos limitamos a tratar los síntomas sin curar la enfermedad. ¿Es que acaso el problema es un virus? ¡Ni de lejos! El problema es en lo que hemos dejado que se convierta esta sociedad. Es más, sin el COVID seguiríamos igual, ¡al menos ahora sabemos cuánta hambre aquí se pasa!

Ahí está, pueblo mártir, el problema. Nos dijeron alguna vez que las leyes nos darían la libertad, pero la ley es grillete, machete, libertad para el paramilitar, para el delincuente, democracia para robar y cárcel para el que pide un pan, para el que se queja, para el que cosecha. La ley actual vendió la salud a los bolsillos de unos pocos que ahora mismo, tranquilos en sus casas de campo, comen cada noche caviar. Y la ley actual les quita presupuesto a los médicos que hoy nos pueden salvar.

Y vean lo que tuvo que pasar (como un fantasma que recorre el mundo): llegó el Coronavirus y aparece la plata, se agilizan trámites, se poda la burocracia, se condona la usura de los banqueros y se perdona el atraso de cuotas, se congelan deudas, se perdona hasta la bancarrota. Ah, bendito virus que desnuda las grietas y obliga al gobierno a nombrar a los pobres, a darles al fin su merecida existencia, a, por lo menos, apaciguarles el hambre un día, a ir – qué broma falsa y triste – de puerta en puerta repartiendo mercados.

Porque el virus, en cifras, es una minucia. Hay más muertos por hambre, por accidentes de tráfico, por gripa. Hay más muertos en un día en Yemen o Siria. En Colombia hay más muertos, no por vía respiratoria, sino por vía política. Y lean con desgracia esta verdad: si el virus solo matara a los pobres el gobierno no haría nada, ¡nada! Pero como según el gobierno es asunto de todos (ah, por dentro maldecirán a los pobres por ponerlos en aprietos, por tener hambre, por llorar más que una camada de pollos), entonces sí se toman medidas; claro, la cuarentena, salida desesperada y privilegio de muchos, castigo para muchos más: casi seis millones de personas trabajan en Colombia en la informalidad – según cifras oficiales[1], es decir deben ser muchos más –. 

Y uno mira los posibles adalides, el pueblo encomendado en manos de una supuesta autoridad, Holmes Trujillo, que ni siquiera se sabe peinar; Alicia Arango, que le debería enseñar; Martha Lucía, que ni para qué hablar, en su cara se refleja la sociedad: estulta, ajada, intranquila e iletrada; y el primer mandatario, por Cristo, me pregunto qué habrá hecho una sociedad para tener de presidente a un bufón; en estos tiempos de ardua tormenta, de enfurecidas mareas, uno necesita un capitán, no para que dé órdenes, sino para sentir que hay fuerzas para pelear, y miren a Duque, en serio mírenlo sin pensar… hasta dan ganas de regalarle un brújula y un libro para colorear.

De modo que, pueblo de Colombia, no esperen nada, poco de lo dicho llegará. Y si en verdad, a diferencia de mí y de tantos, no pueden quedarse en casa porque no tienen ni una libra de arroz, ni siquiera un pan, porque estos días de encierro acabaron con cualquier provisión, conviene sentarse y meditar si es más indigno morirse de hambre que de neumonía. Creo que la respuesta se deducirá.

Y tal vez tras varios meses se descubra la vacuna contra el COVID, pero contra el hambre, ¿cuántos años más hay que esperar?


[1] https://www.portafolio.co/economia/leve-descenso-en-el-empleo-informal-en-colombia-538052

Las damas del uribismo

Ocurrió algo curioso días atrás mientras en la noche tomaba chocolate y pan con mi familia. El televisor despidió una voz rasgada, plena de alharaca, que me distrajo por un momento de la conversación en la mesa. Sin pensarlo, sin siquiera tomarme el tiempo de reflexionar, concluí que esa voz no podía ser más que la de un miembro del Centro Democrático. Se me escapó una sonrisa cuando miré a la pantalla y era Paola Holguín. Había acertado. ¿Cómo?

No solo fue el discurso arrabalero e incendiario, sino también que, dado que suelo escuchar a los uribistas, más que por aprender para reír y lamentar la suerte del país, he podido reconocer ciertas particularidades en el discurso de las damas de esta secta (a los hombres los dejo por ahora a un lado, aunque de estos se puede decir de paso que uno de sus grandes rasgos es pretender adoptar el sonsonete paisa de su único líder: el que mejor lo asimile será el próximo candidato a presidente – cuánto temo que sea el obediente y radical Macías).

Pensando en estas damas – son tan nobles y distinguidas– se me antoja dilucidar aquello que las hace tan similares. Su primer rasgo en común es que estarían dispuestas a lo que llamo pedilingus, es decir limpiar por vías no convencionales la suela de aquel que da y quita la vida (política). Esto es normal, una lo llama “eterno” y lo glorifica, tiene un cuadro del gran Jefe en su casa encarnando la figura de un santo[1]; otra le escribe una biografía, relata lo equivocado que está el mundo y la verdad que debería conocerse: es el hombre más honesto de Colombia. Ya quisieran muchos políticos tener a semejantes escuderas, dispuestas a poner el pecho (¿o los pechos?) por ellos en cualquier circunstancia. Son principalmente tres, pero hay decenas que matarían por estar entre las primeras.

Paloma Valencia, por ejemplo, ve al Jefe fulgurando al sol, o como inmortal estrella polar. Paola Holguín va más allá, no necesita lisonjas, ella misma quiere superarlo: se declara muchas veces más radical que su líder y repite su discurso con palabras más bastas[2]. Ella parece decirle, no te ablandes, jefe mío, necesitamos de tu mano más dura ahora que los villanos quieren dejar de serlo. ¡No olvides que necesitamos de los malos para ser los buenos! Y María Fernanda Cabal, quien por desgracia no hace honor a su apellido, no necesita (¿por voluntad?) hablar ni escribir, le basta proponer leyes para darles una ayudita a los amigos del Jefe, esos hombres amantes de tierras ignotas que alguna vez pertenecieron a otros hombres que sabrá Dios dónde estarán ahora[3]. Y el gran Jefe las aprueba, él las sigue bendiciendo mientras ellas lo canonizan.

Cuán parecidas estas damas en sus formas discursivas. Ellas se despeinan, mueven sus manos como aspas de un molino enloquecido; su micrófono, aun lejos, termina empapado. Hablan en ese tono rauco con el que insultan e infaman, y en la cara llevan esa expresión de histeria en la que parecen develar una continencia muy larga. Y si alguien osa controvertirlas, ellas saben mejor que Schopenhauer cómo ganar un debate. Usan, sin reparos, su artimaña favorita, el argumento ad hominem, patrimonio de la humanidad y bandera nacional del uribismo: ¿Me estás diciendo que mi Jefe tiene nexos con paramilitares? ¿Tú, un narcoterrorista patrocinado por Maduro? ¿Tú, un campesino criminal que bloquea vías? ¿Tú, un sicario camuflado de congresista? ¡Ahí están pintados todos, desprestigiando la honra y el buen nombre del único y verdadero salvador de la Patria!

Para ellas, en realidad para todo aquel que le pertenezca, su líder es res sacra. Ya lo dijo la más vehemente: para ella Uribe “brilla cada vez que le da el sol, y no hay bala enemiga que pueda llegar a su corazón”. Qué hermosa declaración de guerra y de amor en esa segunda convención del Centro Democrático. Ahí está el vídeo en YouTube[4], Paloma Valencia hablando: su Jefe a todos “los llena, los inspira y los mueve”, es el norte y el guía, aquel al que se le debe la existencia política. Y ni hablar de ese “Uribe de carne y hueso”, aquella biografía que Paola Holguín le escribió a su único Jefe para despojarlo de su aureola negra e investirlo de una transparencia algo enlodada por su admiración rayana en idolatría.

Y es que, a fin de cuentas, no es todo un amor del presente. En retrospectiva, ambas se relacionan con Álvaro Uribe, con su familia y su doctrina. Paola, líder del movimiento ‘Los Paolos’ (que, me perdonará ella, tiene más nombre de banda delincuencial que de facción política, aunque quizá al final sean lo mismo), tiene a su padre, ya fallecido, involucrado con el narcotráfico. No lo digo yo, lo dice la prensa[5] y mucho más los hechos en los que la Fiscalía le hizo extinción de dominio, pues esos predios no eran suyos sino de Pablo Escobar Gaviria, primo de José Obdulio quien, ya lo sabemos, es tan cercano a Uribe.

Por otro lado, la senadora Paloma Valencia, quien sí le hace honor a su nombre (¿alguien aprueba esa alada plaga urbana?), tiene a su abuelo, también ya fallecido, inscrito en la historia de Colombia como el primer presidente que permitió crear grupos armados ajenos a las Fuerzas Militares dado el impostergable llamado de la Defensa Nacional. Una nimiedad. Solamente grupos para ayudar a los militares. En síntesis, paramilitares, que amparados en ese decreto, y luego en las Convivir de Uribe, tuvieron, incluso antes de “desmovilizarse”, la osadía y la permisión del gobierno para hablar en el Congreso y exaltar su sádica lucha. Y finalmente, la senadora Cabal, sabiendo del ingente despojo territorial hecho por aquellos Defensores Nacionales a miles de campesinos del país, propuso una Ley de Tierras para legalizar ese robo, para ratificar lo que el uribismo con hechos declama: que la guerra sí paga, mucho más con la ayuda de unos pocos decretos.

Qué ejemplos de ecuanimidad y democracia. Ya vemos cómo se concatena la historia y los afectos de curules y bolsillos. Vemos cómo se cumple ese refrán popular del “Dios los hace y ellos se juntan”. En este caso, hay algo más que los junta: un hombre que ya es más que sí mismo, que es una ideología, una manera de entender el mundo, un hombre que como ninguno encarna esa labor tan añeja en la historia de Colombia: la de liberar al país de los bandoleros, del temible castrochavismo, sin importar cuántos sacrificios, si quizá haya que dejar por un momento la ética a un lado, o tal vez, como parece, olvidarla del todo. Un hombre que sabe que no preside un partido político sino una secta de devotos.


[1] https://www.las2orillas.co/la-devocion-de-paloma-valencia-por-alvaro-uribe/

[2] https://www.youtube.com/watch?v=tIujunLabCM

[3] https://www.elespectador.com/noticias/politica/reforma-del-centro-democratico-ley-de-tierras-va-en-contravia-de-las-victimas-codhes-articulo-818616

[4] https://www.youtube.com/watch?v=4_hWF9hNeI4&t=1445s

[5]https://www.elespectador.com/opinion/la-paola-columna-847797

Violencia y terror más que protesta: un diálogo entre Álvaro Uribe y Salvatore Mancuso

“Apenas ahora, a partir de este Proceso de Paz con las AUC, se conoce la historia dura, heroica y hasta mítica de las Autodefensas. Verdadera epopeya de libertad de la Nación y del Pueblo colombiano, cuando se hizo cuestión de vida o muerte, asumir con dignidad la defensa patria y tomar medidas excepcionales para liberar a nuestro suelo del azote guerrillero”.

Para hacer un recuento de esta particular cita volvamos a la Colombia del 2004. Tres hombres en trajes intactos entran a lo que ellos mismos llamaron “Catedral Primada de la democracia”. Casi sesenta congresistas atienden del otro lado. Los tres hombres leen y se van. Es todo lo que hacen. Nadie puede replicar, ellos dicen lo que piensan y se van. Para resumir lo ocurrido citaré al entonces embajador estadounidense en Colombia, William B. Wood:

“En el Salón Elíptico (había) personas acusadas y culpables de delitos atroces, y se produjo el espectáculo de los congresistas elegidos democráticamente, congresistas que escriben leyes y protegen las leyes, escuchando las palabras de los que están totalmente fuera de la ley. Esos individuos no son ni reformistas sociales ni tampoco políticos progresistas, sino delincuentes y asesinos”.

“Espectáculo”, palabra muy adecuada, una escena pintoresca y a la vez grotesca en que, allá donde la imaginación no llega y la realidad lo supera todo, los demócratas aplauden el discurso criminal, ese en que las palabras de perdón no enmendaron ni una gota de sangre y en el que en cambio se exaltó la patriótica lucha paramilitar. Ernesto Báez, Ramón Isaza y Salvatore Mancuso, oliendo a selva encorbatados, elogiaron la guerra que, en sus palabras, por defensa de la Patria y de sus bienes, habían tenido que enfrentar. Del Congreso salieron campantes, como si ya hubieran firmado la paz y pagado la cárcel que, por cierto, no les debían dar, “como recompensa a nuestro sacrificio por la Patria, por haber liberado de las guerrillas a media República y evitar que se consolidara en el suelo patrio otra Cuba”. Todo un ejemplo de lucha contra el mal.

Y como, supongo, tenemos presente que decir es actuar sobre el mundo y que cada palabra va unida al contexto de su origen, basta solo desentrañar el sentido de ese discurso en tal circunstancia para comprender por qué hoy no nos deberían sorprender pero sí preocupar algunas cosas.

Afinidades electivas entre uribismo y paramilitares

Apenas cuatro meses después de la posesión de Álvaro Uribe, en 2002, los paramilitares anunciaron un cese al fuego unilateral, maniobra arriesgada si su lucha hubiera sido rebelde pero, como afirmó Mancuso en el Congreso, se trató de “servicios prestados a la Nación”, no de combates entre paramilitares y gobierno. La historiografía –en la que el uribismo no cree si le cuestiona– tampoco reconoce una sistematicidad que los declare enemigos: lo de Mancuso, quien lo declara una epopeya, era una rebelión contra la ausencia del Estado, es decir, a fin de cuentas, contra los grupos armados que lo reemplazaban y que por tanto el Estado también combatía. Compartían el mismo enemigo terrorista, como ambos lo llamaron; y el mismo patrocinador: los grandes millonarios.

Pero estos seguidores extremos de la Seguridad Democrática, más que al enemigo terrorista, aniquilaron a diestra y siniestra (más a la siniestra) de las formas más sádicas: pueblos enteros, campesinos, estudiantes, madres y niños, candidatos presidenciales y aun todo un partido político.

Reconociendo la importancia histórica de tantos hechos como aquellos, ¿qué significa que un paramilitar ensalce esas acciones en el recinto en el que se manifiestan la Ley y la Justicia? Con el debido respeto y el beneficio de la duda que se merece el presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, esto no significa más que una cosa, que expresaré con palabras de Mancuso:

“La razón por la que iniciamos esta negociación política no está muy lejos del sentido común, y por eso genera solidaridad. Creemos que hoy se está trabajando en la dirección adecuada para el fortalecimiento del Estado y sus instituciones. Es la gran oportunidad de otorgar un voto de confianza en el futuro de nuestro país, sumándonos a 44 millones de personas empeñadas en la construcción de una democracia más legítima y de un Estado más fuerte, más eficiente, más justo y más responsable”.

La única deducción lógica posible es que los paramilitares defendieron la propuesta política de Álvaro Uribe Vélez, y que Uribe, al mismo tiempo, aprobó, al permitir ese discurso, la lucha paramilitar; por eso en cuanto ganó elecciones quisieron dialogar con él y, tras el proceso de paz, aunque fue reconocido el carácter político de las AUC, no necesitaron de un partido electoral: ya tenían presidente. Pero ojo, fanaticada de izquierda, esto no significa, de ninguna manera, la participación directa del presidente Uribe en la creación de grupos paramilitares.

Creo, como el historiador Federico Finchelstein señala, que en los populismos de derecha (donde incluyo a Uribe con la particularidad de que él gobierna con marionetas), “a veces los neofascistas son compañeros de ruta del populismo”. Con neofascistas él se refiere a los fascistas del nuevo siglo, entre los que, precisamente, incluyo a muchos grupos paramilitares, amigos de tantos en el Congreso y ayudados por la legalidad de las Convivir de Uribe. Por supuesto, este proceso de “acompañamiento” tiene muchas más perspectivas.

Uribe y el terrorismo, su palabra aliada clave

Uribe, sin embargo, nunca dirá abiertamente que aprueba la ideología paramilitar, le basta con seguir su idea autoritaria sin ponerle nombre: llamar cada día terroristas a los que marchan o a profesores que enseñan sociología, solucionar todo problema social con ejército y policía, decir que toda acusación – aun con pruebas –  es calumnia y que el que piensa críticamente es aliado del terrorismo, y, como corolario, un silencio absoluto ante las amenazas de muerte que recibe en nombre de una limpieza “democrática” su, quizá, más importante opositor, Gustavo Petro (y su hermano). Esa es, al parecer, la democracia uribista, la misma democracia legítima que elogió Mancuso.

En días recientes, sin embargo, Uribe fue más abierto: ante la crisis de bloqueos en la vía Panamericana, y tras haber llegado a un acuerdo entre organizaciones indígenas y gobierno, el gobierno del que él quisiera la total obediencia que no puede tener (todavía), dice:

“Es preferible cerrar esa carretera dos años, mejorar y cuidar la alterna que firmar acuerdos con la minga apoyada en el terrorismo”.

Y luego aún más temerario, Uribe afirma:

“Si la autoridad, serena, firme y con criterio social implica una masacre es porque del otro lado hay violencia y terror más que protesta”.

Que no vengan con cuentos de que esta oración tiene más sentidos. “Implicar” solo tiene un sujeto y ese es “la autoridad”, y un complemento directo único y explícito, “una masacre”. Resumen: la autoridad firme podrá masacrar si del otro lado hay manifestantes que cuestionan la autoridad, es decir cuando la protesta ya no es tal sino terror (en últimas, terrorismo). El truco es que, si es terror, también es posible que la masacre la haga la protesta y no la autoridad, o sea, que los culpables sean los que salen a marchar. En estos tiempos cualquiera es terrorista. Lo demostró en uno de tantos tweets similares, el típico razonamiento del dictador y del populista: “la autoridad serena, firme y con criterio social No produce masacres, estas son causadas por delincuentes que se aprovechan o se abrigan en las protestas”.

¿Uribe traicionado por el inconsciente?

Quiso rectificar pero, a mi juicio, desde una lectura psicoanalítica no profunda pero sí diciente, se manifestó su inconsciente en un acto involuntario cuando, en un vídeo del 7 de abril de su cuenta de Twitter que empieza con la frase “la autoridad evita las masacres”, tras decir la palabra “masacres” sus ojos se abren en una sobrecogida expresión y su cuerpo inspira una bocanada involuntaria en un segundo en que, no exagero, parece poseído por lo atroz. Luego continúa como si nada. A mí mismo me tomó por sorpresa. ¿Qué es lo que habrá recordado? ¿Cuál de todos sus fantasmas inspirados por la palabra masacre se le habrá aparecido? Cada cual puede verlo y sacar sus conclusiones, lo mío es solo una interpretación, pero nadie negará que con respecto al resto de palabras hay en “masacres” una diferencia sustancial en su semblante.

En vano dirán que es un análisis sumario, pues lo inconsciente e involuntario suele ser lo más cierto, y por eso se le busca que parezca inofensivo. Pero aquí adquiere más sentido cuando sabemos de la afinidad de Uribe con grupos que cometieron espeluznantes masacres, cuando vemos que permitió una oda pública al crimen. Y todavía más cuando, sabiendo de los peligros que para él y sus cercanos entraña la JEP – que por cierto dejó hace pocos días en libertad a Juan Carlos Meneses, mayor retirado de la policía y testigo clave contra Santiago Uribe por la creación del grupo paramilitar ‘Los 12 Apóstoles’ (con lo cual vemos el interés uribista en hundirla) – ataca esta justicia que, al tildar y hacer creer como enemigo de izquierda, le es doblemente útil: justifica la guerra contra ese enemigo en nombre de la Patria – la patria encarnada en el líder –  y se justifica a sí mismo como salvador.

De modo que, ¿cuál es la sorpresa en sus declaraciones? ¿De dónde la polémica? Es un hombre que aprueba la guerra sucia, ¿qué más quieren esperar? ¿O dirán que esta es una crítica sin fundamento porque no reconoce su democrática Seguridad? Más bien temamos y evitemos ese día, ya no distopía, en que miremos hacia atrás confundidos por un presente en que es punible pensar, y al preguntarnos qué fue lo que hicimos mal, no tengamos memoria para tantas respuestas ni sepamos cuándo perdimos la oportunidad de la Paz.

Adoctrinamiento en tiempos de dictadura democrática

Si hay una palabra que las nuevas generaciones de Colombia tendrán presente durante años, esa es ‘Uribe’. Una palabra con significado, ya no un mero apellido; es decir un significante con plena validez como concepto. Yo, por lo menos, ya no puedo escuchar la palabra sin asociarla al centralista democrático, al honorable presidente – que no ex presidente– que todavía gobierna Colombia con el arte de la ventriloquía (en sus piernas sienta al que mejor le convenga). Estoy seguro de que hay muy pocos en Colombia que no hagan la inmediata asociación entre la palabra Uribe y la imagen del hombre de caballos que ha gobernado este país por años.

Por ello cada vez que Uribe pronuncia algo, bien sea en los grandes medios o a través del albañal social Twitter, todo el mundo lo lee atento, devoto o crítico, y sus palabras hacen eco durante un largo tiempo en el amplio radio que la sociedad le otorga. Sus verbos se replican, sus palabras se expanden y, siendo él personaje tan influyente, puede que incluso el mismo subpresidente entienda implícito en su público mensaje un mandato que debe obedecer sin dilación.

Hace dos días ese mismo presidente – llamemos desde ahora presidente a Uribe, no hay mejor manera de aceptar la realidad –, se indignó al ver, imagino que con un apretón de puños, la imagen de unos niños en una humilde escuela de los Montes de María con un tablero y una frase para él repugnante: “Abrazamos la JEP” (frase a la que, dicho sea de paso, Uribe le cambiaría la z por la s). Fue tal su encono que, supongo que al instante, publicó el ya conocido trino en Twitter que cito exacto:

“Abuso d algunos profesores justifica poner competencia a la educación pública, q estudiantes puedan ir a la privada y el Estado pague el 100% por estudiante de familia d bajos ingresos.
Educación sin adoctrinamiento, pagada por el Estado a los d menos ingresos, con competencia”.

Aquellas palabras de los estudiantes y su maestro, dato que de seguro Uribe ignoraba, se dieron en el marco de un Encuentro Regional de Construcción de Paz, algo que, en una zona tan afectada por el conflicto como aquella, más tras un proceso de paz, no puede menos que comprenderse. Como los dictadores, él no está para comprender, solo requiere que el redil asuma su evangelio y reciba la orden bajando la cabeza en silencio. En efecto, no olvidemos el claro ejemplo de esto en la reciente cartilla para quinto de primaria de la antigua y “educativa” Editorial Santillana, en la que se habla del presidente Uribe – así como se habló de él en el Plan Nacional de Desarrollo – como aquel salvador del caos tenebroso en que estaba sumido el país.

Estamos, señoras y señores, ante un hombre de luz. Un hombre que “buscaba la protección de los ciudadanos contra los grupos armados ilegales” y que logró la desmovilización de miles de paramilitares de las AUC. Un hombre que, palabras menos, es un héroe de la Historia después de Simón Bolívar. Vaya, en su misma retórica yo diría, ¡qué hombre probo! ¡Gracias, presidente excelso, nos encanta tener su legado en las cartillas de los colegios, en los planes de gobierno que, bueno, qué importa que no sea un plan sino una alabanza a nuestro salvador eterno! No importa que no hablemos de Falsos Positivos ni de crímenes de lesa humanidad. No importa que los paramilitares sigan matando líderes. Lo único que importa, al final, es “pelar” a los guerrilleros y evitar el avance del castrochavismo.

Sarcasmo a un lado, ¿acaso no es este el vivo ejemplo del adoctrinamiento? Uribe y su séquito dirán que no porque, en efecto, el único adoctrinamiento – así como tantas otras cosas deplorables – solo ocurre en la izquierda; en la derecha eso se llama Verdad Histórica, en la derecha eso se llama educar moral y éticamente. Por eso, dicho sea de paso, uno de sus discípulos, Edward Rodríguez, propuso un proyecto de ley para sancionar a los profesores que hablaran de política en las aulas; por eso se nombró director del Centro de Memoria Histórica a un hombre que niega la existencia del conflicto armado – ¡ay, que le diga eso a uno de esos niños de los Montes de María o del Putumayo! Esa es la verdad que necesitamos, dejemos de lado los conceptos científicos y estudiados, patrañas de la macabra izquierda. La única verdad verdadera es la que no molesta al líder ni se interpone en los planes de la Patria – es decir en los planes del Partido. ¿No es esto lo que ocurre en todas las dictaduras, sin importar en dónde ocurran ni quién gobierne?

Así que la propuesta del presidente Uribe, qué hombre clarividente, es ponerle competencia a la educación pública pagando el total de la educación en colegios privados para los más pobres. En pocas palabras, acabar con la educación del Estado para entregársela a privados que no hablen de cosas que incomoden, que eduquen a los niños en la senda de la Verdad, que no hablen de cosas en las que el Jefe no cree. Es esta una propuesta peligrosa, tanto como las palabras de José Félix Lafaurie, uno de los tantos esbirros mercaderes:

“Si sabrán estos imberbes jóvenes que es la JEP y cuál su misión institucional? Sabrán de sus escándalos?

Fecode en acción. Disque no adoctrinan niños!

Cuando saldremos de la tiranía de Fecode sobre la educación pública que merece mejor suerte como instrumento de ascenso social?”.

Pobre Lafaurie, que aparte de tan trágico nombre sus padres no le dieron la educación necesaria para escribir con suficiencia. ¿Sí sabrá que el sí de afirmación lleva tilde? Supongo que, como a los de su calaña, le da igual, él es un hombre de cabeza… de ganado. Dizque mejor le voy a discar a ver si le enseño ortografía. Aunque capaz que él ya sabe mi número pues su patrón me tiene chuzado.

Vaya ignominia, ramplona ignorancia. ¿Es que acaso los niños no pueden entender la guerra? ¿Es que por ser imberbes no tienen cerebro? ¿O es que las balas que han cruzado los Montes de María les han evitado por tener menos de diez años? ¿En verdad los niños no deben aprender a pensar el mundo sino a ascender socialmente? ¿Es que acaso enseñarle a un niño lo que significa la paz y las razones por las que es necesaria es constreñirlos y adoctrinarlos? Desde luego que sí, pues los niños no tienen que aprender de la paz, lo mejor es que sigan en la ignorancia y que, cuando ya no sean imberbes, puedan ir al monte a dispararle a cualquier objetivo, al que dicte aquel ubérrimo enemigo de la paz. En verdad que no podía esperarse menos de aquel mercachifle oportunista defendiendo la doctrina, esta sí, de su patrón mesiánico y adorado.

Como decía, estos pronunciamientos son peligrosos, pues es la tendencia que, mucho más en los últimos meses, después de aquella posesión presidencial – con ese clima frío, árido y gris, premonitorio – con aquel discurso de Ernesto Macías, verborrea de lisonja al patrón y a su odio, se está estableciendo como pauta para analizar y juzgar el país: aquel juicio que se hace con base en dar nuevas definiciones políticas a nociones que, por ser usadas por los adversarios, son inválidas e incómodas.

Ejemplos hay por montones. Citemos solo algunos: Paz es igual a Injusticia. Izquierda es igual a Terrorismo. Líder social es igual a Guerrillero. Estudiante es igual a Guerrillero en potencia. Enseñar objetivamente la Historia es igual a Adoctrinamiento. Hablar de paz es Adoctrinar. Criticar es igual a Amenazar. Pensar críticamente es igual a ser Peligroso. Justicia Especial para la Paz es igual a Impunidad. Et caetera et caetera…

Así que, una pregunta sencilla: ¿no es esto lo que han hecho Hitler, Stalin, Mussolini, Castro, Pinochet o Maduro? Si usted dice que no es porque, o bien no ha leído Historia, o bien fue adoctrinado, pero esta característica es propia, y quizá una de las más definitivas, de cualquier dictadura. Por eso es peligroso ver cómo poco a poco el nuevo gobierno de Colombia se convierte en una secta de adoración a una idea política, el uribismo, que nunca admite una crítica que no esté aprobada por su líder – y por ello todos los que de su séquito son declarados reos no son tales, sino perseguidos políticos. Ese mencionado adoctrinamiento, de hecho, ocurre en las altas esferas del poder desde hace tiempo. Síntoma preocupante, pues cuando todos piensen lo mismo no habrá límites para quienes tienen en sus manos las decisiones del país, que esperarán en sus despachos las irrebatibles órdenes de su jefe sacro, y que no dudarán en usar la distorsión de las leyes y aun la violencia, como históricamente han actuado, para imponer su Verdad.

¿Estoy diciendo, pues, que Colombia es una dictadura? Poco a poco se asemeja, se perfila cada vez más claro, una dictadura democrática que se ha camuflado en viciadas elecciones y que, con un breve intervalo de paz raquítica, ya casi abarca las dos primeras décadas de este nuevo y aciago siglo. Una dictadura que, por cierto, si nos fijamos bien en nuestro territorio, no es menos vergonzosa que la de nuestro arrasado vecino.